30 de Enero de 1963
La angustia — así se nos enseñó siempre— es un temor sin objeto. Canción donde podríamos decir que se ha enunciado otro discurso, canción que, por científica que sea, se parece a la del niño que con ella se calma. Pues así formulo yo la verdad que enuncio para ustedes: "ella no es sin objeto". Lo cual no equivale a decir que dicho objeto sea accesible por la misma vía que los demás. En el momento de formularla, señalé que habría aún otra manera de desembarazarse de la angustia, que consistiría en decir que un discurso homólogo, semejante a cualquier otra parte del discurso científico, podría simbolizar ese objeto, ponernos con él en la relación del símbolo a la cual, en su propósito, volveremos.
La angustia sostiene esa relación de no ser sin objeto, a condición de expresar la reserva de que ello no implica decir ni poder decir, como para otro, de qué objeto se trata.
Dicho de otro modo, la angustia nos introduce —con el máximo acento de comunicabilidad— a la función de la falta, en la medida en que ella es radical para nuestro campo. Esa relación con la falta es fundamental en la constitución de toda lógica, y a tal punto que puede decirse que la historia de la lógica es la de sus éxitos en ocultarla, con lo cual se asemejaría a una suerte de vasto acto falido, si damos al término su sentido positivo.
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