Una de las principales causas de la violencia es la desigualdad de las clases sociales, esa brecha de ricos y pobres cada vez más pronunciada y diciente de una mala política y redireccionamiento mal ejecutado de los recursos públicos.
Esta expresión política incita la aparición de emociones parecidas al resentimiento y al rencor por parte de los pobladores, además de la necesidad de buscar cubrir o reemplazar las funciones del estado, ausente hasta el momento, por sus propios medios. Aparece entonces, como ejemplo, el “muchacho” encargado de cuidar la casa y el negocio, este muchacho legitimado por la comunidad, se convierte en una mínima parte de un instrumento que involucra a toda la comunidad y a su familia como cómplice.
Este “muchacho” es el encargado de llevar el alimento a una casa abandonada por el estado y con las necesidades básicas irresueltas; por esta falta, la familia recibe lo que éste lleva, convirtiéndose automáticamente en cómplice del delito cometido para satisfacer dicha necesidad, y por consiguiente, esta complicidad legitima el nuevo trabajo de su hijo, le asegura una vida como delincuente, le desea lo mejor y le dice que Dios le bendiga… es legitimado por sus padres, es decir, es nombrado para ser delincuente, con la seguridad de que éste hará lo mejor para que sus padres se sientan orgullosos, lo complicado es que se habla de un trabajo en la economía ilegal.
Este sujeto cumple la función de vigilancia y proveedor del hogar (mal proveedor), sus padres son cómplices de los delitos cometidos, el comercio, a pesar de su queja, exige la presencia de muchachos en los barrios, dado que éstos, con sus intervenciones, son más eficientes y eficaces, es decir tienen éxito a corto plazo y con resultados esperados, cuando la autoridad llega a tomar el control de los sectores empieza a funcionar la burocracia y el papeleo para problemáticas minúsculas que no permite la evolución de la justicia.
Este personaje que trae la seguridad para el barrio se convierte en héroe digno de admiración, los jóvenes lo toman como referencia y como objeto de deseo, los adultos le agradecen por su presencia y por su sacrificio, éste “sacrifica” su vida por el beneficio de su comunidad…
Pero cómo aparece este fenómeno, cual es su lógica, cómo se vuelve normalidad en los barrios. Debemos recordar un poco la historia; los barrios en las periferias de la ciudad tienen como común la invasión paulatina de pobladores, algunas veces desplazados por la violencia y otras simplemente aprovechando la ganga de venta ilegal de terrenos públicos, llegan con cartón y latas armando casas artesanales, las famosas “chosas” donde meten un promedio de 5 personas en un espacio invivible, este camino lo recorren muchas familias durante un tiempo de falsa bonanza, buscando un futuro mejor, creyendo, como todos, que el éxito y la estabilidad la da una casa de techo propia, viven sin los mínimos beneficios básicos que podría brinda el estado, se cuelgan de los cables de luz para poder ver, el agua la obtienen rompiendo los tubos y formando toda una red de acueducto ilegal, entonces se ve bajar por las montañas una telaraña negra de tubos de pvc que llevan hasta dentro de la casa el preciado liquido.
Estas poblaciones carecen de todo beneficio del estado, no son legítimos, los servicios de salud, educación, vivienda digna y por su puesto de seguridad no hacen presencia, se convierte, entonces, en un caldo de cultivo para esa economía ilegal que reemplaza al estado, a su ritmo y a su modo. Con esto se va creando sentimientos de frustración y resentimiento, sentimiento de envidia y rabia en los pobladores ilegales hacia el estado real, pero también sentimientos encontrados hacia estos grupos ilegales, se les quiere, se les respeta y se les anhela, pero también se les teme. Esta historia se repite en distintos sectores de nuestra ciudad y por tiempos diferentes.
Este nuevo estado ilegal, como el estado real, crea programas de trabajo y abre cupos para todos los que deseen, o no, participar, por ejemplo, recluta a los más pequeños para hacer las funciones de “carritos”, esos niños que avisan o cargan cositas escondidos en la inocencia de su edad, a los mas grandecitos, pero no mayores de edad, entran a los programas de formación de sicariato, estos hacen el trabajo sucio, dado que si los capturan el estado no puede judicializarlo por su edad; cuando cumplen la mayoría de edad y siguen vivos y completos, estos personajes, que hace años eran campesinos o ciudadanos simplemente pobres, hoy ya tendrán la experiencia necesaria para seguir ascendiendo de rango dentro de estos grupos.
Pero qué fenómeno psicológico hay detrás, el grupo se convierte para él en su familia, así se nombra, como “el cucho”, “el papa” y “los hermanos”, esta nueva familia le da la posibilidad de existir, es decir, el padre real debe dar a este joven la capacidad para generar una identidad propia y la seguridad personal para enfrentarse al mundo como sujeto independiente, esta función no es cumplida por las familias de estos jóvenes delincuentes y salen a las calles a buscar alguien que provea esta necesidad, pero no encuentran un estado real sino un estado ilegal, es decir, encuentran la función del padre en los combos, representados en “el cucho”, y “la familia”, sus compañeros de combo, la función del padre es reemplazada por el líder de la banda que le da la existencia, lo nombra, así sea para matar, lo importante es ser nombrado y existir.
Se puede decir que resume un poco la lógica de la aparición de la violencia en los barrios de estratos bajos, la no presencia del estado reemplazado por grupos ilegales creados y/o apoyados por la propia comunidad y la familia aportando sus miembros para que hagan su trabajo o su parte en la formación de esa comunidad ilegal, pero cómo detenemos esta problemática social, este síntoma que involucra numerosos factores, un síntoma social que ha venido creciendo y convirtiéndose en el principal objetivo de nuestra sociedad.
El problema representa grandes falencias y por tanto debe pensarse en grandes soluciones, se debe hacer una intervención social integral, y acá hablamos del debería dado que se parte desde un ideal el cual se debe perseguir, por difícil que sea ese camino, sin pensar en los recursos económicos.
El gobierno nacional debe promover y patrocinar todas las políticas locales dirigidas a contener este ciclo de violencia, pero contener es solo el comienzo de un trabajo que se debe mantener por mucho tiempo con continuidad política, esta contención se hace con el dialogo directo y frentero con los líderes de los grupos ilegales, se reconoce que no son actores políticos pero sabemos que no tienen la necesidad de entregarse a la justicia dado que ésta no opera, si este dialogo no es posible, la justicia debe dar un vuelco total al pudo de ser una institución reconocida por su eficacia y eficiencia a muy corto plazo, con capturas y condenas ejemplares que demuestren un respaldo a la sociedad y la igualdad de los ciudadanos.
Luego de contener, por el dialogo o por la justicia, el gobierno local y nacional debe empezar a insertarse en la sociedad buscando ganar la confianza perdida, esto solo se consigue manteniendo los programas sociales a largo plazo y evaluándolos contantemente para contrarrestar la evolución de los ilegales, mantener los programas le asegura al estado absorber y vehiculizar las quejas y las exigencias de la sociedad, es decir hacer su trabajo. La intervención social debe darse en todos los frentes dado que esta población está contaminada en todas sus expresiones culturales, es decir, el estado nacional y local debe invertir mucho tiempo y dinero expresado en trabajo humano, físico y psicológico a aquellas poblaciones afectadas directamente por el conflicto, estas comunidades que ven en la ilegalidad una opción de vida.
Pensemos que la lógica de estas comunidades ha sido creada por más de 30 años, no podemos pretender que con programas de duración de un año o dos se logre un cambio duradero y veras en futuras generaciones.
Se ha dicho que son múltiples los factores a intervenir, entonces la inversión debe también dirigirse al aspecto físico, viviendas que cumplan con las normas mínimas de un buen vivir, con sus servicios de calidad por mas pobres que sean, la vivienda es indispensable y sus alrededores, la inversión en espacios públicos de calidad y acordes a las necesidades, pasando por parques, colegios, centros de salud, salones comunales, calles y carreras que permitan a los pobladores un desplazamiento real y seguro, y con esto ayudar a la presencia de la autoridad legítima que logre un vinculo real con los pobladores, intentando ir eliminando la guerra de terraza a terraza paulatinamente, una autoridad ganada por el buen trato y la igualdad y no impuesta por la violencia y el miedo, una autoridad que permita a la población resolver conflictos pequeños que muchas veces llevan a la muerte si no son tratados de forma adecuada, esta autoridad debe estar preparada para ser conciliadora y ética en su labor.
Este aspecto de ganar espacio por parte de la autoridad podría ser muy complejo dado los imaginarios que se presentan dentro de las comunidades con respeto a la autoridad policial, pero es un trabajo necesario, las armas y la autoridad debe ser monopolizada solo por un estado que sea atravesado por la ética y lo correcto.
La salud se hace un imperativo, el hecho de permitir a la población vulnerable el servicio de salud, entregado con respeto y prontitud, representa, atreves de un servicio costoso pero valioso y gratuito, el pertenecer al estado y merecer sus derechos.
La educación debe abrir todos los cupos posibles, crecer anualmente, aumentar la cobertura y minimizar los requisitos, recordemos que los grupos ilegales siempre tienen cupos abiertos, están dispuestos a recibir esa persona que es rechazada por la sociedad pero que detrás esconde la intención de empujarlo a tomar la decisión de las armas como opción de vida, este rechazado encuentra en los grupos su razón de ser, existe y es importante para alguien, no importa si es para matar, lo importante es existir, por esto los cupos educativos deben ser ilimitados y hacer un seguimiento minucioso al estudiante que deserta del aula de clase, ir por él hasta su casa para indagar las problemáticas.
Por otro lado, reconociendo en la familia un papel principal en estas comunidades contaminadas por lo ilegal y la violencia, los gobiernos deben diseñar políticas públicas nacionales y locales construidas con las poblaciones, que permitan el ingreso de profesionales a las casas y logren iniciar trabajos terapéuticos de renovación y cambio, duraderos en el tiempo, con el objetivo cuestionar estas formas de relación y convertir a la familia en un apoyo real para los jóvenes.
Cuando el estado asegure su presencia en los barrios y, con el tiempo, gane la confianza de la población, siendo eficaz y eficiente en resolver los pedidos de sus pobladores, puede exigir la participación activa de la empresa privada, esta parte es indispensable, debe exigir su presencia patrocinando programas y profesionales, estas empresas son las encargadas de recibir, en un futuro, a los jóvenes que deciden un camino distinto a lo ilegalidad.
Por último pero no menos importante, se debe iniciar campañas publicitarias dirigidas a introyectar en la ciudadanía, la responsabilidad que tiene sobre el conflicto y el poder social real para enfrentar a los violentos, el estado garantizando la seguridad y la prestación oportuna de los servicios, puede esperar que la población utilice su poder social para contrarrestar a los grupos ilegales, quitarles las armas que alguna vez se les dieron.
Se reconoce el trabajo adelantado por el gobierno local y las intenciones de llevar los servicios a las poblaciones más necesitadas, pero también se debe revisar minuciosamente los proyectos sociales adelantados en la actualidad, dado que, las lógicas del conflicto van cambiando en cada momento, recordemos que los ilegales no tienen límites y esto les permite pensar hasta en lo imposible, y el estado esta atravesado por la ley y esta no evoluciona con la rapidez que se necesita.
JULIAN CEBALLOS.
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